La Misa Tridentina: Una fuerza para la Nueva Evangelización

Sermón pronunciado por el Pbro. Jean de León y Gómez de la  FSSP en la Capilla de las Siervas de María, Santiago de los Caballeros, República Dominicana.12 de julio de 2016

Queridos hermanos y hermanas en el Señor,El primer domingo de adviento de un no muy lejano 1969, los fieles de todo el mundo se levantaron, entraron a la iglesia y vieron una ceremonia que los dejó con el mismo desconcierto que ustedes seguramente hoy comparten, si asisten por primera a una misa en rito romano antiguo… Sin embargo, esta es la misa que conocieron nuestros padres, nuestros abuelos, la mayoría de los santos del calendario, así como la larga lista de todos aquellos que nos precedieron en la fe hasta llegar al Papa San Gregorio Magno, quién codificó rigurosamente en el siglo VI la misa que hoy celebramos.

Para nosotros, que estamos ya acostumbrados a la misa que nos habla en español, al sacerdote que nos mira a la cara, a la Comunión en la mano, a los bailes litúrgicos, a los aplausos, e incluso a la música de mal gusto en las celebraciones, para nosotros este acervo de ritos misteriosos, de silencio inenarrable, de atmósfera sagrada, humo, gregoriano y latín… puede parecernos absurdo. ¿Para qué tanto aparataje si lo que cuenta es la devoción interior? ¿Para qué complicarse con el latín? ¿Para qué el silencio, el gregoriano, el incienso? ¿para qué esmerarse tanto, y gastar dinero para la belleza de los ornamentos, el brillo de los vasos sagrados o las flores del altar?

En su tiempo, los discípulos de Jesús también se indignaron con esas actitudes. ¿Para qué este desperdicio? Dijeron cuando a Jesús “se le acercó una mujer con un frasco de alabastro de perfume muy costoso, y lo derramó sobre su cabeza” “este perfume podía haberse vendido a gran precio, y el dinero habérselo dado a los pobres” “Jesús, dándose cuenta, les dijo: ¿Por qué molestáis a la mujer? Pues buena obra ha hecho conmigo.” “En verdad os digo: Donde quiera que este evangelio se predique, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho, en memoria suya.” Mt 26Alguien muy querido por nuestro Papa Francisco, nos puede dar con su vida y obra una explicación de los que el Señor quiso decirnos en el evangelio de Mateo, alguien que «Quiso enviar por el mundo hermanos que llevasen copones preciosos, con el fin de que allí donde vieran que estaba colocado con indecencia lo que es el precio de la redención, lo reservaran en el lugar más escogido», alguien que decía «Sean preciosos los cálices, corporales, ornamentos del altar y todo lo que sirve para el sacrificio»… Ese alguien queridos hermanos, no es nada más ni nada menos que San Francisco. Estas son las palabras del santo de Asís, el esposo de la pobreza y pobre entre los pobres, el santo que se indignaba si los manteles del altar sobre los que estaría el Señor estaban sucios, el santo que no permitía riquezas en los conventos, y exigía que el único oro que entraba a la orden fuera el destinado para todo lo dedicado al sacrificio del altar.Pero podemos preguntarnos, ¿por qué?

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El Concilio ecuménico de Trento nos responde. El santo Sínodo afirma que “siendo la naturaleza humana tal que no es fácilmente atraída a la meditación de las cosas divinas sin artificios exteriores, por esta razón la Iglesia, como piadosa madre, ha establecido ciertos ritos por los que alguna parte en la Misa sea pronunciada en voz baja y alguna otra en voz más alta. Ha establecido igualmente ceremonias como las bendiciones místicas; utiliza luces, incienso, vestiduras y muchos otros elementos -transmitidos por la enseñanza y por la tradición apostólica- con los que resulte puesta en evidencia la majestad de un sacrificio tan grande, y las mentes de los fieles se sientan atraídas por estos signos visibles de la religión y de la piedad a la contemplación de las cosas altísimas que están ocultas en este sacrificio”.Al ser la liturgia de la Misa un acto eminentemente sagrado (es decir, misterioso, fuera de lo común, estremecedor), desde los tiempos apostólicos los ritos que la componen manifiestan a la vez los dogmas de nuestra fe, así como su grandeza insondable y el misterio que los rodea. Vestiduras sacras, gestos hieráticos, idiomas sagrados, pretenden todos llevarnos de lo visible a lo invisible, de lo natural a lo sobrenatural, elevarnos de lo ordinario a lo tremendo, de la tierra al cielo.La fuerza evangelizadora de una liturgia que nos transporta a lo sagrado, que nos envuelve en el misterio de la divinidad, ha manifestado sus frutos durante más de dos mil años de cristianismo…Permítanme ilustrar esto con dos historias, una reciente, y otra más antigua.Es la Navidad de 1886, Paul Claudel va a Notre-Dame de París con la intención de encontrar materia para algunos ejercicios decadentes. A continuación, cito sus memorias: “como no tenía otra cosa que hacer, volví a las Vísperas. Los niños del coro vestidos de blanco y los alumnos del pequeño seminario de Saint-Nicolas-du-Chardonnet que les acompañaban, estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía. Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado: “¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!”.

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La segunda historia. Corre el año 988. El príncipe Vladimiro de Kiev envió a sus legados para que conocieran distintas religiones, y así poder ver cuál convenía más a su reino. Los emisarios fueron en primer lugar a visitar a los búlgaros, donde quedaron algo no del todo animados al ver el modo en que rezaban los musulmanes. Después se dirigieron a la tierra de los cristianos germanos, en quienes tampoco encontraron el calor que ellos esperaban ver en la religión. Por último, dirigieron sus pasos a Constantinopla, donde el emperador los invitó a la Divina Liturgia que se celebraba en la basílica de Santa Sofía. Allí, los embajadores quedaron entusiasmados por el esplendor y la belleza del culto. «No sabemos si hemos estado en el cielo o en la tierra −comentaban−. Hemos experimentado que Dios se encuentra allí entre nosotros». Fue en aquel momento cuando Rusia se convirtió al cristianismo.La verdad se encontraba allí reconciliada de modo admirable con la belleza, en cuyo centro latía el misterio de la Eucaristía: «La fuerza interna de la liturgia ha desarrollado sin duda un papel fundamental en la expansión del cristianismo» dice el Papa emérito Benedicto XVI.Queridos hermanos, el cielo en la tierra, está es quizás una de las mejores definiciones descriptivas de la Santa Liturgia, el cielo o en la tierra. Eso es realmente lo que sucede en nuestros altares: Durante su vida terrestre, Nuestro Señor Jesucristo profirió las palabras que aún consuelan nuestro exilio en este valle de lágrimas: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Mt 28, 20.

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Luego de su gloriosa ascensión, la promesa del Salva­dor se verifica de manera admirable en los frutos de santidad de la Iglesia, pues “donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.” Mt 18, 20. De modo especial, la presencia del Buen Jesús se hace igualmente visible en los que sufren: “Hijos míos en cada enfermo está Jesús que padece, en cada pobre está Jesús que languidece. En cada enfermo pobre está dos veces Jesús”. (Padre Pío)Pero de manera aún más admirable, la presencia del Señor se REALiza cada vez que el sacerdote, in persona Christi, diciendo las palabras de la consagración, hace de nuestros altares un nuevo cielo y a nosotros partícipes del Sacrificio Redentor.La creación toda gimió a la muerte del Cordero en el Calvario, la tierra abrió sus entrañas para recibir la Sangre preciosísima del Inocente. Un solo mediador, una sola víctima, un solo sacrificio nos libró del pecado. Y cada vez que se repite el mandato del Mesías, “haced esto en memoria de mí” el drama del Gólgota se re-actualiza, al presentarse nuevamente sobre el altar el Cuerpo del Cristo (bajo las especias del pan) separado de su Sangre (bajo las especias del vino), re-presentando místicamente la dolorosísima muerte del Dios-Hombre.Si supiéramos el don de Dios, si entendiéramos plenamente la verdad de este gran misterio, “nos moriríamos de amor”.Este admirable Sacramento es la relación más fuerte que podemos tener con Cristo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.” La fuerza de esta relación aumenta cuanto más nos disponemos, por la gracia de Dios, para recibir el cuerpo del Señor con fe y caridad.Queridos hermanos y hermanas, el fruto principal de la recepción de la Eucaristía en la comunión es una unión íntima con Cristo Jesús, y este es el sentido y el objetivo de toda nuestra vida. Que Nuestra Señora, la Virgen María nos dé la gracia para abrir nuestros corazones para recibir a Jesús como Ella lo recibió en Belén, y al final de cada misa, alegrémonos diciendo con Juan el Evangelista: et Verbum caro factum est, et habitavit in nobis.

Protada : https://missatridentinaembrasilia.org/2016/06/28/fotos-1a-comunhao-2016/

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